Fragilidad y contradicción

Fernando Martín Galán

El mundo, nuestro mundo, está lleno de contradicciones. Y nosotros mismos, como parte de él, debemos estar llenos de ellas también. A bote pronto, se me ocurre que algunas contradicciones pueden ser positivas. Por ejemplo, debemos tener convicciones fuertes e inamovibles, pero también creo que, en muchos casos, no debemos decir nunca "de esta agua no beberé". También es cierto que de la tesis y de su antítesis surge la síntesis...

En el propio campo de la naturaleza, siempre buen referencial, hay otros ejemplos y paradojas elocuentes de la fragilidad de algunos axiomas: el plomo es un mineral extremadamente pesado, pero quebradizo y frágil a la vez. El aluminio, en cambio, es ligero, aunque resistente... Una perra es una perra, y suele ser modelo de lealtad hasta la muerte... Resulta que unos seres biológicamente tan simples como las angulas tienen algún tipo de inteligencia incomprensible para los humanos, por el que saben encontrar el camino para viajar desde el Mar de los Sargazos, donde nacen, al río del que procedió su madre, por más que esté situado en el otro extremo del mundo... A lo largo de millones de años, la naturaleza ha desarrollado unos equilibrios y sistemas de supervivencia que la acción del hombre, que actúa como criatura exo-natural, pone en peligro tan a menudo, cuando no la ataca frontalmente.

"Verdades" asumidas históricamente como dogmas de fe resultaron ser mentiras cuando algún librepensador decidió pensar por libre, como Copérnico y otros tantos. Más recientemente, Einstein y Planck demolieron con sus teorías numerosas bases científicas sobre las que se edificaba la supuesta certeza. Erich From escribió El miedo a la libertad..., y Huxley Un mundo feliz, en el que la fuerza es precisamente la ausencia de emociones y otras felicidades humanas.

Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 demostraron que nuestro engreído mundo tecnológico era un gigante con pies de barro. Lamentablemente, muchos necesitaron de este impacto súbito para tomar conciencia de lo que se venía larvando hacía tiempo. El mundo, nuestro mundo, venía escondiendo la cabeza debajo del ala (algo que sí aprendió bien de la naturaleza, en este caso del avestruz) ante los numerosos síntomas que se le mostraban: el deterioro de los ecosistemas, manifestado en alarmantes hechos como la lluvia ácida, el cambio climático, la progresiva desaparición de la capa de ozono, el riesgo de los accidentes y los deshechos nucleares, los desastres ecológicos...; la aparición de nuevas enfermedades, que a veces se desarrollan en forma de pandemias; hambre; cientos de miles de desplazados sin hogar provocados por los conflictos bélicos y por movimientos migratorios de quienes llegan a perder la vida por acceder a otros países; muertes que son el resultado paradójico del "progreso", como las producidas por las drogas, la alimentación "desarrollada" y por los accidentes de tráfico; guerras, especialmente las que siguen tiñéndose de "limpiezas étnicas"; radicalización de posturas irreconciliables que nos hacen ansiar la llegada de un nuevo Casiodoro ...

Además de todos estos casos, que podríamos llamar fragilidades físicas, existe la más sutil, y no por más común menos vergonzante, fragilidad moral, la que vulnera los principios de ética y justicia, y ante la que la mayoría de los artistas (hay también excepciones vergonzosas) han sido históricamente sensibles. Pero, sin duda, las actuales inmediatez y globalización de la información están precipitando la difusión de las noticias y las consiguientes denuncias de una forma como nunca se había dado. No conviene citar con intención totalizadora casos de fragilidad moral, como hemos hecho con la física, porque, lamentablemente, son incontables, desde los individuales a los que se extienden y repercuten en grandes colectivos. Pero sí se puede decir que todos los descritos respecto a la fragilidad física implican y conllevan también la moral. Y a ellos cabe añadir innumerables situaciones de violación de derechos humanos, corrupción en múltiples estamentos, agravios socio-económicos, discriminación, deslealtades, traiciones a la confianza inter-personal, abuso, insolidaridad, violencia..., injusticias en general.

¿Qué nos queda, pues, en nuestra humana ansiedad de aferrarnos a verdades y referentes firmes y sólidos? ... Pues el humilde pero sabio reconocimiento de que la condición humana es frágil por naturaleza. Como lo es casi todo lo que la humanidad es capaz de crear, descubrir, estipular, proclamar, endiosar, imponer y reverenciar. ¿Este reconocimiento ha de llevarnos al nihilismo? ¿al escepticismo metódico? Descartes dudó de todo hasta tal punto que necesitó una vacuna para sus propias dudas: "pienso, luego existo". Nosotros, hoy, acaso necesitemos reconocer que hemos sido, somos y seremos contradictorios y frágiles, pero nos queda la firme y legítima esperanza de creer que, partiendo de este reconocimiento (y sólo partiendo de él: la solución de un problema exige la premisa previa de reconocerlo), podemos y debemos ser cada vez un poco más consecuentemente coherentes, cautos fuertes. Por mi parte, siempre he creído que, precisamente, por no ser el arte una ciencia exacta, es, cuanto menos, la mejor consejera y compañera de viaje para que la ciencia y la tecnología nos traigan la necesaria estabilidad, coherencia y fuerza para vivir en un mundo feliz sin miedo a la libertad.